La convocatoria a una nueva asamblea intenta recomponer una estructura profundamente fracturada, pero el problema ya no parece ser la falta de una reunión: es la pérdida de confianza de buena parte de la propia militancia.
El peronismo-kirchnerismo de Fiambalá atraviesa una crisis que difícilmente pueda resolverse con una convocatoria, un comunicado o una fotografía colectiva. El problema es mucho más profundo: existe una creciente distancia entre determinados dirigentes y una militancia que durante años puso el cuerpo, acompañó campañas, defendió banderas políticas y depositó su confianza en quienes hoy son señalados por sus propios compañeros.
La convocatoria del Partido Justicialista para continuar una asamblea que debió pasar a cuarto intermedio expone, por sí misma, una realidad incómoda: si hubiera verdadera unidad y consenso, no sería necesario intentar reconstruir apresuradamente una reunión que no consiguió reunir las voluntades necesarias para avanzar.
El mensaje oficial habla de “unidad”, “trabajo” y “futuro”. Sin embargo, las palabras no alcanzan para borrar lo ocurrido durante los últimos meses ni para hacer desaparecer las profundas diferencias que quedaron expuestas.
Y tampoco alcanza con intentar reunir nuevamente a los militantes para obtener una fotografía que pueda ser utilizada públicamente como demostración de una supuesta unidad. Una imagen puede mostrar personas juntas durante unos segundos; no puede fabricar confianza, borrar desencuentros ni reconstruir una representación política que muchos consideran perdida.
La crisis tiene nombres y apellidos, y sería una verdadera falta de respeto hacia la militancia pretender ocultarla detrás de consignas partidarias.
Roxana Paulón dejó de ser intendenta después de una derrota electoral contundente frente a Raúl Úsqueda. Posteriormente asumió una función dentro de la estructura provincial del Gobierno de Catamarca. Ese recorrido político puede ser interpretado de distintas maneras, pero existe una cuestión que resulta imposible ignorar: muchos militantes que trabajaron durante años dentro del peronismo sienten que las estructuras partidarias han terminado priorizando determinados dirigentes por encima de quienes sostuvieron territorialmente al espacio.
El malestar no apareció de la nada.
También existe un serio cuestionamiento respecto del rol asumido por Pablo Núñez, quien durante su actividad pública construyó discursivamente una imagen de férreo defensor de los intereses de Fiambalá.
Núñez escribió públicamente que sostenía cada una de sus palabras y que hablaba de frente. También aseguró que no permitiría el ocultamiento de los actos públicos, que defendería la transparencia, que los representantes debían dar la cara y que continuaría defendiendo los intereses de la comunidad.
Son afirmaciones fuertes.
Precisamente por eso deben ser confrontadas con los hechos.
Cuando apareció uno de los conflictos políticos más sensibles de los últimos tiempos para Fiambalá, relacionado con la discusión sobre la ubicación de la Zona Franca, la pregunta de numerosos vecinos fue dónde estaban aquellos dirigentes que permanentemente se presentan como defensores de los intereses fiambalenses.
La discusión no fue menor. Hubo una fuerte movilización social y política, expresiones públicas de distintos sectores y cuestionamientos dirigidos hacia Sebastián Nóblega, Pamela López y el Gobierno provincial por el tratamiento legislativo relacionado con la Zona Franca.
En las manifestaciones registradas audiovisualmente y difundidas por Multimedios Abaucán quedaron documentadas expresiones de vecinos y militantes reclamando la presencia y posición de dirigentes del espacio peronista.
Entre esas preguntas apareció una especialmente incómoda: ¿dónde estaban Pablo Núñez y Roxana Paulón?
No se trata de una interpretación periodística sobre lo que alguien pudo haber sentido. Se trata de una reacción pública que quedó registrada.
Y allí aparece una de las mayores contradicciones del discurso de Núñez.
Si, como escribió, “no van a lograr distraernos de nuestro compromiso con Fiambalá”, ¿dónde estuvo ese compromiso cuando una parte importante de la sociedad fiambalense salió públicamente a reclamar por una cuestión que consideraba fundamental para el futuro económico de la ciudad?
Si sostuvo que “gobernar también es anticiparse a los problemas y actuar con responsabilidad”, cabe preguntarse cuál fue la posición concreta que adoptó frente a un conflicto que terminó generando una movilización política y social de enorme repercusión local.
Si afirmó que “la función pública se debe ejercer de cara a la ciudadanía y no entre cuatro paredes”, la pregunta vuelve a ser inevitable: ¿por qué el discurso de transparencia parece adquirir tanta fuerza en las publicaciones de redes sociales y tan poca visibilidad cuando la calle reclama respuestas?
Y hay otra frase que merece ser recordada: “El que representa al pueblo, da la cara”.
La militancia y los vecinos tienen derecho a preguntarse si dar la cara significa solamente publicar declaraciones en redes sociales o si también significa presentarse cuando la situación política se vuelve incómoda, cuando existen reclamos concretos y cuando defender una posición puede generar costos políticos.
Porque representar no significa solamente hablar cuando resulta conveniente.
Representar también significa asumir posiciones cuando hacerlo resulta difícil.
La situación de Sebastián Nóblega y Pamela López profundizó todavía más la fractura interna. Las decisiones vinculadas al proyecto de Zona Franca generaron un fuerte rechazo en Fiambalá y terminaron colocando a dirigentes del propio espacio político frente a un sector importante de la sociedad que reclamaba respuestas.
La aprobación legislativa en tiempo récord fue otro de los elementos que alimentaron el malestar y que generaron cuestionamientos públicos.
Pero lo políticamente llamativo fue el silencio de dirigentes locales que habitualmente se presentan como referentes del peronismo y defensores de Fiambalá.
Ese silencio tuvo consecuencias.
Porque cuando un militante acompaña durante años a un dirigente, espera algo más que una fotografía electoral. Espera que, cuando llegue el momento de defender los intereses de su comunidad, ese dirigente también esté dispuesto a hacerlo.
Y aquí aparece el problema central que la dirigencia parece no querer reconocer: la militancia está cansada de ser convocada para votar, aplaudir y acompañar, pero sentirse ignorada cuando llega la hora de tomar decisiones.
Eso es lo que hoy debería discutirse en cualquier asamblea.
No cómo maquillar las diferencias.
No cómo conseguir una fotografía de unidad.
No cómo elaborar un comunicado que permita aparentar normalidad.
La discusión verdadera debería ser por qué una parte de la militancia dejó de creer.
En ese escenario también aparece Walter Bustamante, cuya cercanía política con Nóblega es observada por sectores del propio espacio. Si pretende construir liderazgo dentro del peronismo fiambalense, tendrá que comprender que un dirigente no se construye obedeciendo silenciosamente a una estructura, sino demostrando qué intereses está dispuesto a defender cuando esos intereses entran en conflicto.
Lo mismo ocurre con Nóblega y López.
Ser dirigentes electos o referentes de una estructura partidaria no los coloca por encima de las críticas. Al contrario: cuanto mayor es la responsabilidad política, mayor debe ser la exposición frente a la sociedad.
Y si los militantes consideran que fueron dejados de lado, tienen derecho a decirlo.
No existe unidad política verdadera cuando las diferencias se esconden debajo de una alfombra.
Existe unidad cuando se discute, se escucha, se explican las decisiones y finalmente se construye un acuerdo.
Lo contrario es simplemente intentar administrar una crisis.
Por eso la nueva convocatoria a la continuidad de la asamblea puede terminar siendo mucho más importante de lo que sus organizadores imaginan. No porque allí vaya a definirse mágicamente el futuro del peronismo, sino porque podría quedar nuevamente expuesto el verdadero nivel de respaldo que conserva una dirigencia cuestionada.
El comunicado dice que “la participación de todos es fundamental”.
Perfecto.
Entonces que participen todos.
Que hablen los militantes históricos.
Que hablen quienes estuvieron en las campañas.
Que hablen quienes pusieron dinero de sus bolsillos.
Que hablen quienes caminaron los barrios.
Que hablen quienes alguna vez defendieron a estos dirigentes.
Pero que también puedan hablar quienes hoy están decepcionados.
Porque si solamente se escucha a quienes todavía obedecen, no existe una asamblea: existe una reunión destinada a confirmar lo que algunos dirigentes ya decidieron.
El peronismo fiambalense necesita responder preguntas mucho más profundas que las incluidas en cualquier comunicado.
¿Por qué perdió conexión con su propia militancia?
¿Por qué algunos dirigentes dejaron de representar las preocupaciones de quienes los acompañaron?
¿Por qué quienes se autoproclaman defensores de Fiambalá no estuvieron públicamente al frente de determinados reclamos?
¿Por qué ahora se busca reunir a todos después de una crisis que durante meses fue evidente?
Y, fundamentalmente, ¿por qué debería creer nuevamente la militancia en quienes considera que ya le dieron la espalda?
Las respuestas no se encuentran en un flyer.
Tampoco en una consigna.
Mucho menos en una fotografía.
Se encuentran en los hechos.
Durante años se les pidió a los militantes disciplina, lealtad y acompañamiento.
Ahora llegó el momento de que quienes ocuparon lugares de representación política demuestren que también saben escuchar cuando la respuesta que reciben de sus propias bases es incómoda.
Porque la militancia no es una propiedad privada de ningún dirigente.
Nóblega no es dueño del peronismo.
López no es dueña del peronismo.
Paulón no es dueña del peronismo.
Núñez no es dueño del peronismo.
Bustamante tampoco.
El peronismo pertenece a sus afiliados, a sus militantes y a quienes deciden democráticamente qué representación quieren tener.
Y si una parte de esa militancia considera que determinados dirigentes dejaron de representarla, no corresponde insultarla, disciplinarla ni intentar convencerla de que la crisis no existe.
Corresponde escucharla.
Porque quizás el verdadero problema de esta dirigencia no sea que la militancia no quiera participar.
Quizás el verdadero problema sea que la militancia comenzó a participar demasiado y empezó a preguntar aquello que durante demasiado tiempo nadie quiso responder.
Y cuando una base política comienza a preguntar, ya no alcanza con pedir unidad.
Primero hay que recuperar la confianza.
Y la confianza, a diferencia de una fotografía, no se puede montar.





